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La "zona de la muerte" del Everest: qué le ocurre al cuerpo humano por encima de los 8.000 metros.
La falta extrema de oxígeno, el frío intenso y la baja presión atmosférica provocan alteraciones físicas y neurológicas que pueden resultar mortales en pocos minutos, incluso para montañistas experimentados.
Alcanzar la cima del monte Everest representa para miles de personas el mayor desafío deportivo y personal de sus vidas. Sin embargo, los últimos metros hacia los 8.848 metros de altura también significan ingresar a uno de los entornos más extremos y peligrosos del planeta: la denominada "zona de la muerte", un sector ubicado por encima de los 8.000 metros donde el cuerpo humano comienza a deteriorarse rápidamente debido a la escasez de oxígeno.
La experiencia de la montañista nepalí Purnima Shrestha, quien logró alcanzar la cumbre, pero quedó sin suministro de oxígeno al llegar al punto más alto del mundo, refleja con crudeza el peligro que representa permanecer en esa altitud incluso durante pocos minutos.
Tras trece horas de ascenso, la escaladora celebró haber conquistado nuevamente el Everest. Sin embargo, la alegría se transformó en desesperación cuando comprobó que su última botella de oxígeno había dejado de funcionar. "En ese momento solo quería seguir con vida", recordó posteriormente.

Según especialistas en medicina de montaña, por encima de los 8.000 metros la presión atmosférica disminuye de tal manera que el organismo apenas consigue absorber aproximadamente un tercio del oxígeno disponible al nivel del mar. Esa condición obliga a los montañistas a utilizar oxígeno suplementario y limita severamente el tiempo que pueden permanecer en la zona.
El doctor Nima Namgyal Sherpa, médico especializado en emergencias de alta montaña, explica que incluso personas perfectamente entrenadas comienzan a sufrir un deterioro progresivo si permanecen demasiado tiempo en esa altitud.
Sin oxígeno adicional, los síntomas graves del mal de altura pueden aparecer en apenas treinta minutos y evolucionar rápidamente hacia un desenlace fatal.
Antes de alcanzar esa altura, el cuerpo intenta adaptarse aumentando la frecuencia cardíaca, acelerando la respiración y reduciendo funciones consideradas menos esenciales, como parte de la actividad digestiva. Sin embargo, una vez superados los 8.000 metros esos mecanismos dejan de ser suficientes.
A la falta de oxígeno se suman temperaturas que pueden descender hasta los 40 grados bajo cero y vientos extremadamente intensos, condiciones que favorecen la aparición de congelaciones severas.
Cuando el organismo intenta conservar el calor, desvía la circulación sanguínea desde las extremidades hacia los órganos vitales. Como consecuencia, los dedos de las manos, los pies, la nariz y las orejas comienzan a recibir menos oxígeno y nutrientes. La piel puede adquirir tonalidades blancas, azuladas o negras, perder sensibilidad y desarrollar ampollas.
En los casos más graves, el tejido muere y la amputación se vuelve inevitable.
Pero uno de los riesgos más temidos no afecta al cuerpo sino al cerebro.
El denominado edema cerebral de gran altitud provoca una inflamación del tejido cerebral causada por la falta de oxígeno. Los síntomas incluyen confusión, dificultades para hablar, pérdida del equilibrio, alteraciones del comportamiento e incluso alucinaciones.
Los médicos que trabajan en el Himalaya señalan que algunos montañistas comienzan a actuar de manera completamente irracional. En ocasiones se desabrochan voluntariamente de las cuerdas de seguridad, abandonan el recorrido o toman decisiones incompatibles con la supervivencia, lo que ha provocado numerosas caídas fatales.
Otra complicación frecuente es el edema pulmonar de gran altitud, una acumulación de líquido dentro de los pulmones que impide la correcta oxigenación de la sangre.
Entre sus síntomas aparecen una intensa dificultad para respirar, aceleración del ritmo cardíaco, coloración azulada en labios y uñas y la expulsión de una característica mucosidad rosada y espumosa, considerada una señal de extrema gravedad que exige el descenso inmediato y la administración urgente de oxígeno.
Los dolores de cabeza intensos, la deshidratación y el agotamiento físico también forman parte de las afecciones habituales durante la ascensión final.
Ni siquiera los sherpas, nacidos y criados en aldeas del Himalaya a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, son inmunes a estos riesgos. Aunque poseen adaptaciones genéticas que mejoran su tolerancia a la altitud, los especialistas aclaran que el esfuerzo extremo termina afectando a cualquier organismo.
La última temporada de ascensos volvió a mostrar otro problema creciente: la masificación del Everest.
Más de 1.000 personas alcanzaron la cumbre durante la temporada 2026, la cifra más alta registrada hasta el momento. Esa afluencia genera largas filas de escaladores en sectores muy estrechos como el famoso Escalón de Hillary, donde solo puede avanzar una persona a la vez.
Cada minuto de espera implica consumir más oxígeno y permanecer durante más tiempo en la zona de mayor riesgo. En varios accidentes ocurridos durante los últimos años, numerosos montañistas fallecieron tras agotar sus reservas mientras esperaban turno para continuar el ascenso.
Las posibilidades de rescate también son extremadamente limitadas.
Aunque existen helicópteros capaces de operar en grandes alturas, la mayoría de las misiones no supera los 6.500 metros debido a las dificultades técnicas y a la escasa sustentación del aire.
Por encima de ese nivel, las opciones médicas prácticamente se reducen a administrar oxígeno suplementario, algunos medicamentos específicos y descender al paciente lo antes posible, una tarea que además pone en riesgo la vida de los propios rescatistas.
Desde que comenzaron los registros de ascensiones al Everest en la década de 1920, más de 300 personas han perdido la vida intentando alcanzar la cumbre.
A pesar de ello, el atractivo de conquistar el punto más alto del planeta continúa convocando cada año a cientos de montañistas dispuestos a desafiar uno de los ambientes más hostiles que existen sobre la Tierra.
La historia de Purnima Shrestha terminó con un final feliz gracias a que un sherpa compartió con ella su propio suministro de oxígeno durante el descenso.
Sin embargo, la experimentada escaladora reconoce que cada expedición le recuerda la fragilidad del ser humano frente a la naturaleza extrema.
"Cada vez que entro en la zona de la muerte me pregunto por qué decidí volver", resume quien ha alcanzado el techo del mundo en cinco oportunidades.