REFLEXIÓN
Día de la Niñez: invitación a celebrar el asombro, los afectos y aquello que nos hace crecer.
Hoy domingo 16 de agosto, Uruguay celebra el Día de la Niñez. Más allá de regalos y festejos, la fecha propone reconocer el valor de quienes comienzan a explorar la vida y de los vínculos que acompañan ese recorrido. Una oportunidad para reivindicar el cariño, la curiosidad, la imaginación y esa mirada capaz de sorprenderse que no tendría por qué desaparecer con los años.
Hay días asociados a una etapa determinada de la existencia que, cuando se los observa con profundidad, terminan hablándonos a todos.
El Día de la Niñez es uno de ellos.
Hoy los protagonistas son quienes preguntan, juegan, imaginan, aprenden, se equivocan, vuelven a intentarlo y encuentran novedades allí donde los adultos muchas veces ya no se detienen.
A su alrededor existe un universo de personas que, desde lugares muy diferentes, forma parte de ese crecimiento.
Están madres y padres, abuelos, hermanos, tíos, padrinos, docentes, vecinos, amigos y tantas personas que alguna vez comprendieron que cuidar, enseñar o querer a un niño no depende exclusivamente de un lazo de sangre.
Hay afectos que no necesitan parentesco para convertirse en parte esencial de una vida.
También están quienes decidieron no tener hijos, quienes imaginaron otro rumbo, quienes los tienen lejos o quienes guardan un vínculo entrañable con alguien que ya no pueden abrazar.
Cada historia es diferente y ninguna necesita ser medida con la experiencia de otra.
Celebrar esta jornada no exige ocupar un lugar determinado.
También significa comprender el enorme valor de acompañar a quienes recién comienzan a reconocer quiénes son, desarrollar sus sueños y construir su propia manera de transitar la existencia.
La fecha guarda, además, otra posibilidad: recuperar algunas cosas que los adultos van dejando por el camino.
Todos fuimos niños.
Hubo un tiempo en que una pregunta podía resultar más importante que una respuesta; una caja podía transformarse en un castillo y una tarde parecía durar muchísimo más.
Antes de conocer tantos límites, supimos imaginar posibilidades.
Crecer es inevitable. Dejar de maravillarse no debería serlo.
Allí reside una de las enseñanzas más profundas de la infancia.
Los años aportan experiencia, responsabilidades y certezas, pero no deberían arrebatarnos por completo la curiosidad, la creatividad, el deseo de jugar ni el entusiasmo frente a lo desconocido.
Y los más pequeños necesitan adultos capaces de recordarlo.
Cuidarlos no consiste solamente en protegerlos. Implica escucharlos, ofrecerles tiempo, orientar sin pretender escribir de antemano quiénes deberán ser, ayudarlos a reconocer sus fortalezas y brindarles la seguridad necesaria para que algún día puedan elegir su propio rumbo.
Dar raíces para que sepan dónde sostenerse y libertad para que descubran hasta dónde quieren llegar.
Por eso, entre tantos obsequios que pueden entregarse hoy, algunos de los más importantes siguen sin caber dentro de una caja: presencia, escucha, respeto, paciencia, confianza, protección y tiempo.
No todos vivirán este día de igual manera.
Habrá encuentros y distancias, celebraciones y recuerdos, familias construidas de formas muy distintas y personas para quienes este momento despertará emociones particulares.
Todas esas realidades tienen lugar.
Por encima de ellas existe algo compartido: la infancia es un territorio por el que, de una manera u otra, todos hemos pasado.
Hoy domingo puede ser entonces una oportunidad para mirar a quienes están creciendo y preguntarnos qué entorno estamos construyendo para ellos.
Uno donde puedan sentirse queridos sin condiciones. Donde preguntar nunca sea una molestia. Donde equivocarse forme parte del aprendizaje.
Donde las diferencias no se conviertan en motivos de exclusión y cada niño pueda encontrar, a su tiempo y con libertad, su propia identidad.
Y mientras los adultos intentamos enseñarles cómo funciona la vida, acaso convenga prestar atención a lo que ellos todavía pueden enseñarnos.
Detenerse ante algo pequeño. Inventar. Preguntar por qué. Reír sin demasiadas explicaciones. Empezar otra vez después de una caída. Y conservar la sensación de que el día siguiente puede traer algo extraordinario.
Feliz Día de la Niñez para quienes hoy comienzan a escribir su propia historia y para todos aquellos que, desde el lugar que la vida les haya dado o que libremente hayan elegido, contribuyen a que ese recorrido sea más cuidado, respetuoso, libre y feliz.
Crecer no significa dejarlo todo atrás.
Tal vez una de las formas más hermosas de hacerse adulto sea aprender mucho de la vida sin perder por completo el asombro con el que alguna vez comenzamos a mirarla.
Imágenes: ilustrativas Cadena del Mar