SALUD MENTAL
Psic. Rubén González: “Vivir una etapa pendiente es posible; probar lo que no viviste puede ser sanador, pero siempre hay que respetar los roles".
En su habitual columna de salud mental, el psicólogo abordó cómo las personas pueden retomar etapas no vividas plenamente en su momento —como la adolescencia o la soltería— en la adultez, y advirtió sobre los límites entre liberarse de prejuicios y caer en un desubique emocional o social.
Cadena del Mar recibió este martes al psicólogo Rubén González, para dialogar sobre un tema profundo y cada vez más presente en la consulta clínica: la posibilidad de vivir en la adultez una etapa que no se transitó plenamente antes, ya sea por responsabilidades tempranas, contextos sociales o decisiones impuestas por la vida.
El profesional comenzó recordando que cada etapa vital —infancia, adolescencia, juventud, adultez, vejez— tiene sus propios desafíos, privilegios y duelos: “Cuando pasás de una etapa a otra, perdés algo. Dejás atrás la infancia, la libertad del juego, la irresponsabilidad. Eso duele. Es un duelo”, explicó.
Sin embargo, señaló que muchas personas, especialmente a partir de los 50 o 60 años, comienzan a sentir un impulso por vivir lo que no pudieron: “No es inmadurez. Es, muchas veces, justicia emocional tardía”, afirmó.
“Hay quienes fueron padres o madres muy jóvenes, a los 14, 15, 16 años. Se vieron obligados a renunciar a su adolescencia. Y luego, cuando los hijos crecen, aparece ese vacío. Entonces, empiezan a darse permisos que antes no se permitían. Y eso está bien, siempre que no se convierta en una negación de la realidad actual”, indicó González.
Uno de los puntos más delicados fue el del rol parental. “El padre no puede ser solo amigo. También debe educar, poner límites, contener, corregir. El amigo no tiene esa responsabilidad. Si todo es complicidad, ¿quién orienta?”
Y agregó: “Podés tener una relación cercana, afectuosa, divertida, pero no olvidar que sos guía. No se trata de imponer autoridad, sino de mantener una función protectora y formativa”.
A su vez, el terapeuta vinculó esta problemática con realidades más duras, como el trabajo infantil o embarazos precoces: “Un niño de 12 años que trabaja con una motosierra perdió su infancia. Una adolescente de 14 que tiene un bebé renuncia a su adolescencia. Son pérdidas irreparables que generan crisis emocionales profundas”.
En esos casos, el intento de “recuperar” la etapa perdida en la adultez no es capricho: es necesidad. “Por eso, cuando alguien de 60 años dice: ‘Hoy voy a bailar hasta el amanecer’, no lo critiquemos. Tal vez esté cerrando una herida que arrastra desde hace cinco décadas”.
“Liberarse de prejuicios es saludable. Vivir lo que no viviste puede ser sanador. Pero no confundamos libertad con invasión. Respetemos los roles, los espacios, las edades. Porque la verdadera madurez no es negar el tiempo, sino integrarlo”, concluyó Rubén González.