HISTORIA ES PRESENTE
Desembarco de los Treinta y Tres Orientales: inicio de la Cruzada Libertadora.
El 19 de abril de 1825 marca uno de los episodios fundacionales del proceso independentista de nuestra Nación, con la llegada de un valiente grupo liderado por Juan Antonio Lavalleja a la playa de la Agraciada (hoy Soriano).
El escenario político y militar en la Provincia Oriental se encontraba profundamente condicionado tras la derrota de José Gervasio Artigas en 1820, lo que permitió a las fuerzas luso-brasileñas, bajo el mando de Carlos Federico Lecor, consolidar su dominio desde Río Grande hasta el Río de la Plata.

En ese contexto, los principales referentes artiguistas se dispersaron entre el exilio, la prisión y la incorporación a distintas fuerzas, configurando un panorama adverso para cualquier intento de reorganización.
Sin embargo, el sentimiento autonomista no desapareció.
Un primer levantamiento en 1823, aunque fallido, dejó en evidencia que la resistencia seguía latente.
Mientras tanto, las potencias extranjeras observaban con atención la evolución del territorio, valorando incluso la posibilidad de que actuara como un espacio de equilibrio entre Brasil y las Provincias Unidas.
El desembarco y la espera:
La expedición de 1825 se organizó en territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata y estuvo encabezada por Juan Antonio Lavalleja.
El grupo cruzó el río en lanchones, bajo estrictas órdenes de silencio, con el objetivo de evitar la vigilancia de embarcaciones brasileñas.
El arribo se concretó en la playa de la Agraciada.
Allí, los expedicionarios quedaron a la espera de caballos, un elemento clave para avanzar en la campaña y desplegarse en el territorio.
El testimonio de Atanasio Sierra retrata con crudeza ese momento: armas dispersas, vestimenta deteriorada y una apariencia distante de cualquier formación militar ordenada.
La espera se extendió más de lo previsto:
Los hombres permanecían atentos, intentando percibir el sonido del trote que anunciara la llegada de los animales.
Cuando finalmente arribaron, la reacción fue inmediata: abrazos, alivio y una renovada determinación.
La marcha y el objetivo:
Con los recursos necesarios, comenzó el avance de lo que luego sería conocido como la Cruzada Libertadora.
La estrategia consistía en desplegarse por la campaña, generar adhesiones y cercar a Montevideo, sede del poder colonial.
Los expedicionarios portaban una bandera de inspiración artiguista y recibieron de Lavalleja una arenga que condensaba el espíritu de la empresa: demostrar al mundo que eran merecedores de la libertad.
El desarrollo de los acontecimientos posteriores terminó por confirmar la persistencia de una identidad propia en el territorio oriental, en un escenario atravesado por intereses regionales e internacionales.
La construcción del símbolo:
Décadas más tarde, en 1878, el pintor Juan Manuel Blanes inmortalizó el episodio en una de las obras más emblemáticas de Uruguay, eligiendo representar el momento del desembarco y el juramento de “Libertad o Muerte”.
La obra, construida con minucioso detalle, consolidó en el imaginario colectivo una imagen fundacional, sintetizando en un instante el origen de un proceso que, con el tiempo, derivaría en la independencia.
A 201 años de aquel desembarco, el episodio continúa siendo una referencia ineludible en la construcción de nuestra identidad nacional, recordando que los procesos históricos no sólo explican el pasado, sino que también dialogan con el presente.
Imágenes: Museo Blanes + Ministerio de Educación y Cultura.