NUEVO PARADIGMA
Empresas sin Humanos (IA): Argentina abre discusión mundial sobre trabajo, responsabilidad y poder tecnológico.
El Senado argentino analiza una reforma que incorpora las denominadas “Sociedades Automatizadas”, concebidas para operar mediante algoritmos o Inteligencia Artificial, con intervención laboral humana mínima o inexistente en su actividad cotidiana. Mientras distintos países ensayan caminos regulatorios, crecen los interrogantes sobre empleo, impuestos y límites a la autonomía tecnológica.
La posibilidad de que una empresa funcione prácticamente sin trabajadores dejó de pertenecer exclusivamente a la ciencia ficción.
El avance de la Inteligencia Artificial (IA) y de los agentes autónomos trasladó el asunto hacia parlamentos, organismos reguladores y compañías de distintas partes del mundo.
Argentina se convirtió en uno de los epicentros de este nuevo escenario.
El Poder Ejecutivo remitió al Congreso una reforma del régimen societario, cuyo tratamiento comenzó en el Senado el pasado 24 de junio.
La iniciativa incorpora tecnologías digitales, IA y Organizaciones Autónomas Descentralizadas (DAO).
Una de sus principales novedades es la “Sociedad Automatizada”: una compañía cuya actividad habitual podría desarrollarse total o parcialmente mediante algoritmos o sistemas de IA, prescindiendo de empleados para sus tareas cotidianas.

El modelo argentino
La expresión “empresa sin humanos” requiere una precisión: la propuesta no contempla compañías completamente desvinculadas de las personas.
Toda Sociedad Automatizada deberá mantener al menos a una persona humana domiciliada en Argentina como responsable de cumplimiento y referente ante las autoridades y la Justicia.
La iniciativa abarca obligaciones tributarias, laborales y de protección a consumidores.
Para determinadas empresas también prevé seguros ante eventuales daños tecnológicos y registros destinados a auditar decisiones automatizadas.
El punto central pasa por determinar hasta dónde puede delegarse capacidad de decisión sin quebrar la cadena de responsabilidad humana.
De la asistencia a la ejecución
La automatización empresarial existe desde hace décadas, pero los agentes de IA incorporan otra dimensión: pueden recibir objetivos, elaborar planes, utilizar herramientas digitales, interactuar con programas y desarrollar acciones con diferentes grados de independencia.
El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos (NIST) señala que estas herramientas ya pueden realizar determinadas actividades por sí mismas, gestionar correos y calendarios, trabajar sobre programas informáticos e incluso efectuar compras.
El salto consiste en pasar de una IA que asiste a una persona a otra capaz de desarrollar tareas.
En una empresa, diferentes agentes podrían atender consultas, analizar inventarios, seleccionar proveedores, generar documentos o realizar adquisiciones, según los permisos concedidos.
Milei y Harari: dos miradas
La propuesta argentina provocó además una controversia entre el Presidente, Ec. Javier Milei y el historiador y escritor Yuval Noah Harari.
Harari cuestionó los riesgos de conceder creciente independencia jurídica y económica a entidades administradas mediante IA y las dificultades para aplicarles sanciones concebidas para seres humanos.
El Primer Mandatario de la nación hermana, Javier Milei, sostuvo que otorgar un marco societario permitiría precisamente regularlas, exigir responsabilidades patrimoniales, embargar activos o disponer su disolución.
Las posiciones sintetizan parte del debate mundial: reconocer jurídicamente estas organizaciones para controlarlas o limitar su autonomía para impedir que la responsabilidad termine diluyéndose.
Diferentes caminos en el mundo
Estados Unidos cuenta con antecedentes.
Wyoming aprobó en 2021 un régimen para Organizaciones Autónomas Descentralizadas que contempla entidades gestionadas mediante algoritmos.
Actualmente, NIST desarrolla estándares para agentes autónomos, con atención sobre identidad, permisos y seguridad.
La Unión Europea tomó otro rumbo.
Su Reglamento de Inteligencia Artificial (AI Act) establece obligaciones según niveles de riesgo y prioriza trazabilidad, transparencia y supervisión humana.
Europa regula principalmente cómo debe utilizarse la IA, en lugar de crear una figura societaria equivalente a la argentina.
Singapur presentó en enero de 2026 un marco para la denominada Agentic AI, centrado en atribución de responsabilidades, permisos, seguimiento de operaciones e intervención humana.
Reino Unido analiza el “comercio agéntico”: herramientas capaces de comparar productos y concretar compras en representación de consumidores, además de los riesgos asociados al empleo de algoritmos.
La dimensión social más sensible continúa siendo el trabajo.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estimó en 2025 que uno de cada cuatro puestos laborales del planeta presenta algún grado de exposición a la Inteligencia Artificial generativa.
Son relativamente pocas las ocupaciones cuyas funciones pueden automatizarse completamente con la tecnología disponible y, para buena parte del mercado laboral, el escenario más probable sería una transformación de tareas.
Las “empresas sin humanos” llevan el planteo más lejos: ya no se trata solamente de qué tareas puede automatizar una compañía, sino de cuántas personas necesitará para funcionar.
Productividad, riqueza e impuestos
Estas compañías podrían operar las 24 horas, disminuir costos y permitir que pequeños emprendimientos accedan a capacidades que anteriormente requerían equipos numerosos.
También existe una consecuencia tributaria.
Los Estados obtienen parte de sus recursos del trabajo, salarios y contribuciones patronales.
Una economía con mayor producción tecnológica y menor participación laboral podría obligar a revisar las fuentes tradicionales de financiamiento de la seguridad social.
Cuando la IA se equivoca
La automatización puede multiplicar la eficiencia, pero también las consecuencias de un error. Un agente habilitado para realizar miles de operaciones podría reproducir una misma equivocación a gran escala antes de ser detectado.
Para los consumidores surgen otros interrogantes: una IA podría rechazar una transacción, modificar precios, bloquear una cuenta o efectuar una compra incorrecta.
Por eso, auditoría, trazabilidad, límites de autorización, control humano y capacidad de interrupción comienzan a convertirse en elementos centrales de estos nuevos modelos empresariales.
¿Empresas realmente sin personas?
Por ahora, la expresión “empresas sin humanos” describe mejor una tendencia emergente que una realidad generalizada. Incluso Argentina, con una de las propuestas legislativas más novedosas sobre la materia, mantiene la obligación de contar con una persona responsable.
Estados Unidos desarrolla estándares para agentes autónomos; Europa prioriza riesgos y supervisión humana; Singapur establece reglas para sistemas agénticos; mientras Reino Unido estudia sus efectos sobre consumidores, comercio y competencia.
Lo que sí podría cambiar sustancialmente es la cantidad de personas necesarias para operar determinadas compañías. Actividades que antes requerían equipos numerosos podrían quedar en manos de grupos reducidos o incluso de un único emprendedor asistido por múltiples agentes digitales.
Detrás de las “empresas sin humanos” aparece así un debate económico, jurídico, laboral y social de alcance mundial: qué funciones pueden delegarse a una máquina, cuáles deben permanecer bajo decisión humana y quién responderá cuando una Inteligencia Artificial tenga autorización no solamente para proponer una acción, sino también para llevarla a cabo.